Sueño

Sueño
Tu piel
Tus senos
Tus caderas
Tus muslos
Tus piernas

Sueño
Con tu cuerpo en mi cama
Con tus besos en mi piel
Con mis labios en tu sexo

Te sueño
Te sueño en mi vida
Como una travesura
Como una promesa
Como mi presente

Sueño
Cada noche
Cada día
Despierto

Dolor de Media Tarde

De este dolor de media tarde, mientras me devoro el corazón a cucharadas de nostalgia; escucho tu ausencia a mi lado… en esta silla vacía junto a la mesa, en el monótono dialogo en que me he enfrascado con la nada.

Apresuro cada cucharada, no obstante procuro saborear cada una con calma; sigo alimentando mi insaciable tristeza y procuro ignorar el vacío que me rodea. Debo salir de prisa, regresar a las labores del día y huir de mí; lejos de este lugar lleno de memorias que no me pertenecen… que me resultan tan ajenas como el tipo que veo cada mañana frente al espejo.

Debo escapar… en busca de alguien, de quien sea; cualquier compañía es buena cuando no se quiere estar con uno mismo o por lo menos cuando se desea alejarse de un hogar extraño, poseso de fantasmas y demonios. Entonces me refugio en la multitud, en la muchedumbre ignorante de la ausencia que me invade y persigue.

Repetir la misma tarea rodeado de extraños, aliviado de encontrar mas cosas por hacer y de que aun no llega la noche para carcomerme; que aun me queda la tarde.

Renuncio

Renuncio — dije —
a versos forzados
y lugares comunes.

A las letras
que se me niegan,
metáforas
que nunca llegan.

A esquivas musas
y mis estúpidas palabras.
Mis jodidos días
y noches en vela.

Al deseo,
al anhelo o el impulso;
de tomar una pluma
o azotar el teclado.

A escribir
o si quiera intentarlo.

Renuncio — dije—
a todo, por lo menos
hasta mañana.

Cuervos

Sera la noche que habita en mi, pero escucho el incesante graznar de los cuervos; puedo verlos posados sobre el árbol frente a mi ventana. Al andar sus sombras cubren mis pasos, su vuelo vigila mi caminar; observan cada uno de mis movimientos.

¡Silencio! – Grito con furia, pero los cuervos no cesan; continúan con su horrible ruido y solo consigo asustar a las personas que me rodean, que invariablemente huyen de mí. Aun soy incapaz de comprender porque solo yo soy consiente de aquellas aves.

Sus plumas cubren el firmamento, pueblan el día; son tantos como para ocultar el sol y hundir la tierra en tinieblas. Aun así, solo yo puedo verlos o escucharlos.

¡Malditos cuervos! Quisiera tomar una escopeta para tumbarlos del cielo, de los arboles; de los edificios. Dispararles a todos, desplumarlos y que no vuelvan a elevarse. Quisiera…

Y cuando lo pienso, los cuervos parecen leerlo en mi mente; se inquietan y emprende el vuelo. Entonces puedo sentirlos arremolinándose furiosos sobre mí, desgarrándome el alma; arrancando mi carne y clavando sus picos en mis ojos. Puedo sentir sus aleteos en mi corazón… – ¡Basta! – Suplico, pero los cuervos no cesan.

Aquella noche envejecí

Dejé la luz a un lado, y en el borde
de la revuelta cama me senté,
mudo, sombrío, la pupila inmóvil
clavada en la pared.

¿Qué tiempo estuve así? No sé; al dejarme
la embriaguez horrible del dolor,
expiraba la luz y en mis balcones
reía al sol.

Ni sé tampoco en tan horribles horas
en qué pensaba o qué pasó por mí;
sólo recuerdo que lloré y maldije,
y que en aquella noche envejecí.