Calles

Soy un hombre común de preocupaciones sencillas, las mismas de todo el mundo; tengo un trabajo normal que me da para vivir sin problemas, aunque sin lujos, eso esta bien. También tengo un pequeño vicio, pues nunca me he fiado de las personas que no tienen alguno: el cigarro. Jamás había pensado hasta dónde puedo llegar gracias a la motivación adecuada. Esta noche me veo obligado a salir en busca de mi vicio. En otras circunstancias, no habría salido a esta hora a recorrer las aceras de la ciudad, solo en busca de una cajetilla al único lugar abierto. Camino confiado; por las noches las calles me parecen interminables, oscuras, frías, extendiéndose hasta donde la vista se pierde. Me siento incapaz de recorrerlas, de llegar a mi destino. Es una sensación que crece a cada paso. Mientras avanzo y me sumo en las sombras, que nacen en los espacios donde no llega la luz, entonces tengo el deseo de correr y refugiarme bajo el cobijo del alumbrado, aún así me obligo a continuar guardando la compostura. En medio de la penumbra momentánea, tengo la sensación de no conseguir avanzar, cada paso es insignificante y la oscuridad se torna mayor. El siguiente espacio de amparo se encuentra más lejos cada vez. Me siento tan infantil, asustado por las sombras entre cada lámpara, saltando entre cada espacio de luz como si de un juego se tratara. Aunque, esto no es juego. El miedo comienza a dominar mi cuerpo, estremece mis piernas y brazos, me hace temblar la mandíbula y me oprime el corazón. Entonces intento escapar, alejarme de la penumbra que cubre las paredes, las banquetas, las calles, que devoran esta ciudad. El terror me posee, me obliga a continuar corriendo, ajeno mi cuerpo a sus acciones. “Pronto estaré en casa, debo controlarme. ¿Qué pensarán de mí, si alguien me ve despavorido por ahí?”. Debo aparentar calma, hago un esfuerzo para recobrar el control de mí y retomar mi andar, lento; simular tranquilidad y mostrar un semblante frío para un observador inexistente. A esta hora nadie se encuentra fuera de casa, nadie vaga por esta ciudad. “¿Quién habría de estarme mirando?”

Entonces… “¿Por qué me siento observado? Quizá sea sólo mi imaginación, el miedo jugando con mi mente; pero, ¿si no es así?, ¿si es algo más?, ¿algo más profundo?”

“¡Observado!” murmuro.

Continúo y mientras tanto crece una idea en mi mente, toma forma. De pronto una certeza me invade.

“¡Eso es!” exclamo con terror.

La realidad es ahora evidente, soy perseguido; acechado desde el momento en que salí de casa. Los vellos de mí nunca se paralizan, el frío viaja por mi cuerpo y el sudor cae de mi frente. Me detengo a la mitad del camino, asustado; entonces escucho el sonido de pasos que se han detenido justo atrás de mí. No me había percatado de su existencia, los percibía como el eco de los míos, pero ahora sé que pertenecen a alguien más. El retumbo ha sido tan breve que me resulta imposible ubicarlo, incluso comienzo a dudar la dirección de donde proviene. Giro la cabeza, simulando haber recordado algo de súbito, mientras observo con cuidado en cada dirección. ¡Nada! La calle se encuentra vacía en todas direcciones, cubierta de aquel entramado de luz y sombra. ¿Lo he imaginado? ¿Aquel sonido sólo era el eco? ¿Una jugarreta de mi mente perturbada? Reúno valor para continuar mi paso lento, con movimientos precisos. Sólo el ruido de mis pies calzados rompe la tranquilidad de la noche. De pronto, escucho otra vez el ruido de un andar ajeno al mío; pero esta vez acompañado por lo que parece un resuello. El terror me paraliza, mientras intento, no desfallecer. Entonces comienzo a correr, como un acto instintivo, un reflejo del miedo. El corazón se desboca dentro de mi pecho, late con una tremenda fuerza, a toda velocidad. El sudor cubre mi frente, escurre por mi espalda y baña mi cuerpo. Mi respiración se agita, obligándome a tomar aire por la boca, jadeando en cada bocanada. A pesar de mi agitación, del ruido que provoco, los pasos y la respiración de quien me sigue resulta completamente audible. Incluso suena con mayor intensidad y con la misma velocidad con la que he comenzado a correr.

“¡Falta poco!”, estoy sólo a unas cuantas casas para llegar a mi hogar. Pero el miedo me resulta insoportable, siento que caeré rendido en cualquier instante o seré alcanzado por mi perseguidor. Ese tramo se me antoja eterno, imposible; comienzo a percibir cada uno de mis movimientos en forma pausada, como si se tratara de una “cámara lenta”. Estoy justo a tres casas, tres casas interminables, eternas. Aún puedo escuchar el pisar que me sigue, su respiración; entonces percibo un leve tirón sobre la pierna de mi pantalón. “¿Una mordida? ¿Es un animal? ¿Un perro?” El gruñir de un perro furioso acompaña un segundo tirón, que logra arrancar un pedazo de tela. Trato de correr con mayor velocidad. Estoy a punto de llegar, entonces un pensamiento se hace presente. ¡La puerta! ─exclamo─ ¡Qué alguien abra la puerta! Pronuncio suplicante a un interlocutor inexistente. “¿Quién ha de abrir, si nadie más vive ahí?” Los últimos pasos y me siento desvanecer. De entre mis ropas saco la llave y la inserto en la cerradura a toda prisa con mano temblorosa, abro la puerta. Entro a toda velocidad y cierro tras de mí. Me tiro sobre el piso, asustado; sin embargo aliviado. Descanso brevemente. Enseguida me pongo de pie, como impulsado por una fuerza nueva, el golpe de la adrenalina. Tomo aire profundamente, mientras trato de tranquilizarme, entreabro la puerta para ver. Observo en busca de aquel animal, de aquello que me seguía, no logro encontrar nada. Abro la puerta por completo, titubeante, aún con miedo busco en todas direcciones…Nada, nadie. Solo las calles interminables de esta ciudad devorada por las sombras, sumergidas en la oscuridad, frías y extendiéndose hasta el infinito. Temblando cierro la puerta, me aseguro de hacerlo bien, lo compruebo por tres ocasiones. Enciendo las luces de cada habitación, mientras el miedo no se aparta de mí, busco un cigarrillo y… “¡Me lleva…! No los compré”.

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