¿A qué velocidad caerán las lágrimas? ¿Y a cuál volará la risa? ¿Cuándo empecé a escribir mensajes que nunca envío? ¿A qué velocidad debo vivir para volverte a ver?

—Dicen que caen a 5 centímetros por segundo.
—¿El qué?
—Los pétalos de la flor del cerezo. Caen a 5 centímetros por segundo. ¿No te recuerdan a la nieve?


No recuerdo cuando fue la mañana en la que me di cuenta de que todo era una gran mentira. No recuerdo cuándo llegué a la terrible comprensión de que la mayoría de la gente se iría perdiendo en el tiempo y en la rutina, de que yo jamás encajaría.

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Si se te pierde el alma en un descuido

¿Qué hace esa india Huichola que ésta por parir? Ella recuerda. Recuerda intensamente la noche de amor de donde viene el niño que va a nacer. Piensa en eso con toda la fuerza de su memoria y su alegría. Así el cuerpo se abre, feliz de la felicidad que tuvo, y entonces nace el buen huichol, que será digno de aquel goce que lo hizo.

Un buen huichol cuida su alma, su alumbrosa fuerza de vida, pero bien sabe que el alma es más pequeña que una hormiga y más sueva que un susurro, una cosa de nada, un airecito, y en cualquier descuido se puede perder.

Un muchacho tropieza y rueda sierra abajo y el alma se desprende y cae en la rodada, atada como estaba nomás que por hilo de seda de araña. Entonces el joven huichol se aturde, se enferma. Balbuceando llama al guardián de los cantos sagrados, el sacerdote hechicero.

¿Qué busca ese viejo indio escarbando la sierra? Recorre el rastro por donde el enfermo anduvo. Sube, muy en silencio, por entre las rocas filosas, explorando los ramajes, hoja por hoja, y bajo las piedritas.¿Dónde se cayó la vida? ¿Dónde quedó asustada? Marcha lento y con los oídos muy abiertos, porque las almas perdidas lloran y a veces silban como la brisa.

Cuando encuentra el alma errante, el sacerdote hechicero la levanta en la punta de una pluma, la envuelve en un minúsculo copo de algodón y dentro de una cañita hueca la lleva de vuelta a su dueño, que no morirá

Eduardo Galeano

(Memoria del Fuego II : Las caras y las máscaras)

 

Amigo, amigo mío,
estoy muy enfermo.
No sé de dónde me viene el dolor.
O es el viento que silba
sobre el campo desierto y sin nadie
o como al bosque en septiembre
inunda los sesos el alcohol.

Mi cabeza agita las orejas,
como el pájaro sus alas.
La cabeza ya no puede
cimbrearse en el cuello del pie.
Un hombre negro,
negro, negro,
un hombre negro
se sienta en mi cama;
un hombre negro
no me deja dormir.

El hombre negro
pasa el dedo por un libro horrible,
ganguea sobre mí
como sobre el muerto un monje:
me lee la vida
de un bribón y un perdido
y me llena el alma de angustia y pavor.
El hombre negro,
negro, negro.

«Escucha, escucha
—me susurra—,
el libro trata de asombrosas
ideas y planes.
Ese hombre
vivía en el país
de los más asquerosos
matones y charlatanes.

En diciembre allí
la nieve es blanca a más no poder
y las ventiscas mueven
alegres ruecas.
Aquel hombre era un aventurero,
pero, eso sí,
de la mejor marca.

Era elegante,
poeta además,
con poquitas fuerzas,
pero tesonero,
y a una mujer
de cuarenta y pico
la llamaba canalla
niña querida».

«La dicha —decía—
es juego de ingenio y de manos.
Los espíritus lerdos
siempre son infelices.
¡Qué más da
que tantos dolores
nos causen los gestos
quebrados y falsos!

En épocas de tormenta
y en el frío de la vida,
cuando pierdes a alguien
y cuando sientes pena,
aparentar alegría y calma
es la mayor de las artes».

«Hombre negro:
¡No tienes derecho!
No es tu quehacer
el bucear.
¡Qué me importa la vida
de un poeta camorrista!
Anda, vete a otros
a leerlo y contarlo».

El hombre negro
me mira muy fijo
y sus ojos se empañan
de una vomitona azul.
Parece decirme
que soy un bandido y un ladrón
que descaradamente
despojé a no sé quién.

…………………………………………

Amigo mío, amigo mío,
estoy muy enfermo.
No sé de dónde me viene el dolor.
O es el viento que silba
sobre el campo desierto y sin nadie
o como el bosque en septiembre
inunda los sesos el alcohol.

Noche helada.
Hay silencio en la calle.
Solo a la ventana,
no espero a invitados ni amigos.
La llanura está cubierta
de cal movediza y blanda,
y los árboles, como jinetes,
se han citado en nuestro jardín.

Llora lejos
un siniestro pajarraco nocturno.
Los jinetes de madera
siembran un repique de cascos.
Otra vez ese negro
Se sienta en mi silla,
levanta el cilindro
y recoge con desenfado el faldón
«Escucha, escucha
—me chilla a la cara,
y se inclina
más y más sobre mí—:
nunca he visto
a un canalla
que de forma tan tonta
padeciera insomnio.

Acaso me equivoque:
hoy es noche de luna.
¿Qué más puede desear
este mundo cargado de sueño?
Si se presenta “ella”
con sus muslos gordos
eres capaz de recitarle
tu lírica canija y cursi.

Me encantan los poetas:
es gente entretenida.
Siempre se les ocurre
una historia de sobra sabida:
igual que un espantajo melenudo,
a una escolar granujienta,
hablan del universo
rebosando gana carnal.

No sé, no recuerdo,
en un pueblo,
tal vez de Kaluga
o tal vez de Riazán,
en una familia campesina
vivía un niño
de pelo rubio y ojos azules…

Y se hizo mayor,
y, además, poeta,
con poquitas fuerzas,
pero tesonero,
y a una mujer
de cuarenta y pico
la llamaba canalla
y niña querida».

«Hombre negro:
eres un mal huésped.
Hace tiempo que vas
Arrastrando esa fama».
Airado, furioso
le tiro el bastón
a la jeta,
apuntando a la sien…

…………………………………………

…La luna murió,
en la ventana azulea el alba.
¡Ay, qué noche!
¿Qué has hecho, noche?
Llevo puesto el cilindro.
Conmigo no hay nadie.
Estoy solo…
Y el espejo roto…

Sergéi Esenin

(Traducción de José Fernández Sánchez)

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Aquella noche envejecí

Dejé la luz a un lado, y en el borde
de la revuelta cama me senté,
mudo, sombrío, la pupila inmóvil
clavada en la pared.

¿Qué tiempo estuve así? No sé; al dejarme
la embriaguez horrible del dolor,
expiraba la luz y en mis balcones
reía al sol.

Ni sé tampoco en tan horribles horas
en qué pensaba o qué pasó por mí;
sólo recuerdo que lloré y maldije,
y que en aquella noche envejecí.