Adiós

¿Cuántos adioses llevo en esta vida?
Uno, dos, tres…

¡Entonces
un aguijón se clava en mi pecho!
Hierve la sangre
y consume mi aliento.

Recordar es veneno
que intoxica el alma
porque cada final
es una herida,
porque conozco
cada fantasma
y porque el tiempo
nada alivia.

Basta decir:
Mi vida está llena de despedidas.
Palabras mudas,
desamparadas caricias,
anhelos fragmentados.
Inconclusa poesía.

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Mala Copa

De que el alcohol nubla la mente no existe novedad en ello, todo borracho que se precie de serlo percibe el mundo distorsionado.

Bien, entonces, recuerdo estar departiendo alegremente con los amigos sujetando mi copa de vino por su tallo entre mis dedos pulgar, índice y medio.Justo de esta manera viene a mi mente cada una de mis mas recientes reuniones, aunque bien sé que las memorias de un ebrio son traicioneras; y según dicen últimamente me pongo mala copa.

─Desde que comenzaste a boxear, cada que tomas quieres madrear al que se te ponga en frente.

Obviamente me resulta una afirmación falsa, en ningún momento he buscado pelear con nadie, solo por hacerlo.Comencé a entrenar box recientemente, hace apenas algunos meses, nada serio, con el único fin de ejercitar. Soy una persona pacifica.

Me ofende la afirmación que a raíz de practicar box, me he vuelto violento. Cuando justamente sucede lo contrario, ese espacio me proporciona un remanso de paz y calma, un escape al estrés de cada día. Por eso me molesta, siendo consciente que no puedo confiar en mis recuerdos y concediendo que me he convertido en un borracho “mala copa”, que los camaradas consideren a tan noble deporte como la causa de mi violencia.

Podría entender y hasta admitir cualquier otra razón, quizás por ejemplo, algo más simple: con los años me he vuelto más irascible. Aunque supongo que a ninguno de los idiotas con los que convivo se les podría ocurrir algo tan sencillo, a veces es demasiado pedir que piensen las cosas. A veces no sé qué haría sin el box como terapia.

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Trago Vintage

He venido a dar aquí por un golpe de azar, del destino, como muchas cosas de la vida o al menos de mi vida. Después de caminar por un buen rato, me entrado la urgencia de tomar un trago para poder asimilar todo aquello que me ocurría. Sin averiguar más entré al primer lugar bajo el anuncio de bar que he visto, al despertar de aquel trance que me mantenía andando sin rumbo.

“¿Qué mas da donde se embriaga uno mientras se tenga dinero para pagarlo?”, pensé; igual podría tomar un coñac o un mezcal, que en se momento la urgencia era simplemente de alcohol.

Justo al cruzar el umbral me di cuenta de haber dado un salto en el tiempo. “¿Qué podía esperar? ¿Una cantina de mala muerte como aquellas a las que estoy acostumbrado?”, me pregunté.

Aun así, no deja de ser un lugar extraño, ausente del presente, un lugar que ha quedado suspendido: atrapado en los 60’s si tuviera que ubicarlo. No seria el primer bar temático del mundo en el que me encuentro, pero este va más allá. Cada persona aquí sentada es fiel a la época: en su vestir, en cada ademan, incluso en su mirar. Y eso es lo que me perturba, me siento extraído del tiempo, de mí tiempo, de este retrato soy un completo extraño. Soy ajeno a este espacio, a este momento y creo que todos alrededor se han percatado, puedo verlo en sus ojos.

Cada paso me parecía eterno, justo podía sentir como el tiempo iba entumiéndose al mismo ritmo de mi cuerpo. “¡Que lejos pusieron esa jodida barra!”, pensaba con angustia mientras observaba al cantinero detrás de ella, que con un gesto monótono limpiaba un vaso y me devolvía la mirada.

Mientras avanzaba con lentitud, sentía crecer una resequedad en mi boca que comenzaba a volverse insoportable… quizás acrecentada por aquel lugar o simplemente me comenzó a superar aquella realidad que debía vivir ahora.

Aquel bar se había sumido en silencio desde el momento en que yo había cruzado la entrada, solo el raro estruendo de las manecillas del reloj rompía aquella lúgubre calma.

Entonces, finalmente llegue hasta la barra.

─ Buenas tardes. ─ Dije, con calma.

─ Buenas tardes, caballero. ¿Qué le servimos? ─ respondió el cantinero, dejando el vaso que mantenía en sus manos bajo la barra.

Wiski ─ dije con parquedad.

─ ¿Alguno en particular? ─ cuestionó el cantinero.

─ El que sea esta bien ─ dije ─ me da igual.

El cantinero giro con calma tomando una botella que se encontraba detrás de él, llena de aquel liquido ámbar, lo sirvió en un pequeño vaso. Sus movimientos eran lentos y precisos, mientras volvía su cuerpo con la misma tranquilidad que había servido comenzó a cerrar la botella para regresarla a su lugar.

─ ¡Déjala! ─ exclame con rapidez, aunque parecía más bien que había gritado sin percatarme. Inmutable, el cantinero dejo la botella junto a mí, tomo el mismo vaso que tenía en sus manos hace unos instantes.

Me echo una larga mirada, mientras yo bebía el contenido del vaso de un solo trago. ─ ¿Problemas? ─ Preguntó.

─ Si ─ respondí, él destapo una vez más aquella botella para llenar mi vaso.

─ ¿Mal de amores? ─ Cuestionó una vez mas.

Yo asentí… entonces el sonido regresó por completo y con él, el tiempo. El mundo volvió a la normalidad, por fin pertenecía a ese lugar.

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Calles

Soy un hombre común de preocupaciones sencillas, las mismas de todo el mundo; tengo un trabajo normal que me da para vivir sin problemas, aunque sin lujos, eso esta bien. También tengo un pequeño vicio, pues nunca me he fiado de las personas que no tienen alguno: el cigarro. Jamás había pensado hasta dónde puedo llegar gracias a la motivación adecuada. Esta noche me veo obligado a salir en busca de mi vicio. En otras circunstancias, no habría salido a esta hora a recorrer las aceras de la ciudad, solo en busca de una cajetilla al único lugar abierto. Camino confiado; por las noches las calles me parecen interminables, oscuras, frías, extendiéndose hasta donde la vista se pierde. Me siento incapaz de recorrerlas, de llegar a mi destino. Es una sensación que crece a cada paso. Mientras avanzo y me sumo en las sombras, que nacen en los espacios donde no llega la luz, entonces tengo el deseo de correr y refugiarme bajo el cobijo del alumbrado, aún así me obligo a continuar guardando la compostura. En medio de la penumbra momentánea, tengo la sensación de no conseguir avanzar, cada paso es insignificante y la oscuridad se torna mayor. El siguiente espacio de amparo se encuentra más lejos cada vez. Me siento tan infantil, asustado por las sombras entre cada lámpara, saltando entre cada espacio de luz como si de un juego se tratara. Aunque, esto no es juego. El miedo comienza a dominar mi cuerpo, estremece mis piernas y brazos, me hace temblar la mandíbula y me oprime el corazón. Entonces intento escapar, alejarme de la penumbra que cubre las paredes, las banquetas, las calles, que devoran esta ciudad. El terror me posee, me obliga a continuar corriendo, ajeno mi cuerpo a sus acciones. “Pronto estaré en casa, debo controlarme. ¿Qué pensarán de mí, si alguien me ve despavorido por ahí?”. Debo aparentar calma, hago un esfuerzo para recobrar el control de mí y retomar mi andar, lento; simular tranquilidad y mostrar un semblante frío para un observador inexistente. A esta hora nadie se encuentra fuera de casa, nadie vaga por esta ciudad. “¿Quién habría de estarme mirando?”

Entonces… “¿Por qué me siento observado? Quizá sea sólo mi imaginación, el miedo jugando con mi mente; pero, ¿si no es así?, ¿si es algo más?, ¿algo más profundo?”

“¡Observado!” murmuro.

Continúo y mientras tanto crece una idea en mi mente, toma forma. De pronto una certeza me invade.

“¡Eso es!” exclamo con terror.

La realidad es ahora evidente, soy perseguido; acechado desde el momento en que salí de casa. Los vellos de mí nunca se paralizan, el frío viaja por mi cuerpo y el sudor cae de mi frente. Me detengo a la mitad del camino, asustado; entonces escucho el sonido de pasos que se han detenido justo atrás de mí. No me había percatado de su existencia, los percibía como el eco de los míos, pero ahora sé que pertenecen a alguien más. El retumbo ha sido tan breve que me resulta imposible ubicarlo, incluso comienzo a dudar la dirección de donde proviene. Giro la cabeza, simulando haber recordado algo de súbito, mientras observo con cuidado en cada dirección. ¡Nada! La calle se encuentra vacía en todas direcciones, cubierta de aquel entramado de luz y sombra. ¿Lo he imaginado? ¿Aquel sonido sólo era el eco? ¿Una jugarreta de mi mente perturbada? Reúno valor para continuar mi paso lento, con movimientos precisos. Sólo el ruido de mis pies calzados rompe la tranquilidad de la noche. De pronto, escucho otra vez el ruido de un andar ajeno al mío; pero esta vez acompañado por lo que parece un resuello. El terror me paraliza, mientras intento, no desfallecer. Entonces comienzo a correr, como un acto instintivo, un reflejo del miedo. El corazón se desboca dentro de mi pecho, late con una tremenda fuerza, a toda velocidad. El sudor cubre mi frente, escurre por mi espalda y baña mi cuerpo. Mi respiración se agita, obligándome a tomar aire por la boca, jadeando en cada bocanada. A pesar de mi agitación, del ruido que provoco, los pasos y la respiración de quien me sigue resulta completamente audible. Incluso suena con mayor intensidad y con la misma velocidad con la que he comenzado a correr.

“¡Falta poco!”, estoy sólo a unas cuantas casas para llegar a mi hogar. Pero el miedo me resulta insoportable, siento que caeré rendido en cualquier instante o seré alcanzado por mi perseguidor. Ese tramo se me antoja eterno, imposible; comienzo a percibir cada uno de mis movimientos en forma pausada, como si se tratara de una “cámara lenta”. Estoy justo a tres casas, tres casas interminables, eternas. Aún puedo escuchar el pisar que me sigue, su respiración; entonces percibo un leve tirón sobre la pierna de mi pantalón. “¿Una mordida? ¿Es un animal? ¿Un perro?” El gruñir de un perro furioso acompaña un segundo tirón, que logra arrancar un pedazo de tela. Trato de correr con mayor velocidad. Estoy a punto de llegar, entonces un pensamiento se hace presente. ¡La puerta! ─exclamo─ ¡Qué alguien abra la puerta! Pronuncio suplicante a un interlocutor inexistente. “¿Quién ha de abrir, si nadie más vive ahí?” Los últimos pasos y me siento desvanecer. De entre mis ropas saco la llave y la inserto en la cerradura a toda prisa con mano temblorosa, abro la puerta. Entro a toda velocidad y cierro tras de mí. Me tiro sobre el piso, asustado; sin embargo aliviado. Descanso brevemente. Enseguida me pongo de pie, como impulsado por una fuerza nueva, el golpe de la adrenalina. Tomo aire profundamente, mientras trato de tranquilizarme, entreabro la puerta para ver. Observo en busca de aquel animal, de aquello que me seguía, no logro encontrar nada. Abro la puerta por completo, titubeante, aún con miedo busco en todas direcciones…Nada, nadie. Solo las calles interminables de esta ciudad devorada por las sombras, sumergidas en la oscuridad, frías y extendiéndose hasta el infinito. Temblando cierro la puerta, me aseguro de hacerlo bien, lo compruebo por tres ocasiones. Enciendo las luces de cada habitación, mientras el miedo no se aparta de mí, busco un cigarrillo y… “¡Me lleva…! No los compré”.

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