La persistencia del tiempo

¿No lo odias? ─pregunté mientras contemplaba el movimiento del café agitado por la cuchara en mi mano.

─ ¿Odiarlo? Para nada ─, respondió mientras llevaba su taza a la boca. ─Te concentras en sinsentidos─ añadió tras su primer sorbo.

─ ¿Sinsentido? ¡Vaya! ─ respondí, incrédulo e incapaz de comprender que todo aquello le pareciera simplemente una nimiedad. Cerré lo ojos mientras sostenía la taza cerca de mi nariz e inhalé, aun podía percibirlo incluso por encima del intenso aroma del café, aquella fragancia aun saturaba cada célula de mi olfato, intoxicándome, aferrándose cubriendo cada poro de piel. ─ ¿Sabes que podría identificarlo entre cualquier otra esencia? Sin alguna duda…

─ Estoy seguro de ello, cabrón ─ interrumpió sereno, apartando su taza vacía. ─ Pero justo te concentras, una y otra vez, en aquello que debiste dejar atrás hace mucho tiempo. ¿Cuánto ha pasado? ¿Ocho años? ¿Cinco? Y aquí sigues aferrado, perturbado por una fragancia inexistente, un recuerdo que solo está en tu memoria ─, no respondí.

Tenía razón, aquel aroma llegaba de improvisto revuelto en la brisa ajeno a aquella figura que evocaba, aquel cuerpo que una vez perteneció, perturbando mi equilibrio; preso de un espejismo sensorial. Después de todo, de tanto tiempo, de tanta distancia, ¿cómo podría estar ahí su aroma sin su piel? ¿para qué habría de volver?

Levante mi taza, di un largo trago, y nuevamente percibí el aroma de ese café, solitario. Invocando recuerdos de la infancia, de aquellas mañanas de beber café, pero “solo un poco” porque aquello no era para niños y sin duda habría de perturbar nuestro sueño. Termine de beber, colocando la taza vacía sobre la mesa, aquellas imágenes desplazaron la tempestad de mi memoria.

─ Necesito algo más que un café, ¿pedimos whiskey? ─ preguntó y asentí en silencio. ─Por cierto, te traje un regalo─, dijo mientras sonreía en forma burlona ─ seguro te va gustar. ─ Tomo aquel paquete que había colocado en la silla a su costado, acercándolo frente a mí.

─ ¿Un perfume? ─ dije.

 

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Inventario

Los regalos que nunca di:

Un disco, un libro, la playera de aquel concierto, tus chocolates favoritos, las palabras contenidas por el ego, las caricias a las que renuncié, un rosario de besos surgidos del deseo de contemplar tus labios y los poemas que me dictaba el brillo de tus ojos… otra historia que no ocurrió.

Todo sigue aquí.

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5 centímetros por segundo

¿A qué velocidad caerán las lágrimas? ¿Y a cuál volará la risa? ¿Cuándo empecé a escribir mensajes que nunca envío? ¿A qué velocidad debo vivir para volverte a ver?

—Dicen que caen a 5 centímetros por segundo.
—¿El qué?
—Los pétalos de la flor del cerezo. Caen a 5 centímetros por segundo. ¿No te recuerdan a la nieve?


No recuerdo cuando fue la mañana en la que me di cuenta de que todo era una gran mentira. No recuerdo cuándo llegué a la terrible comprensión de que la mayoría de la gente se iría perdiendo en el tiempo y en la rutina, de que yo jamás encajaría.

Cinco centímetros por segundo

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